El valor de la psicología
29 de Julio de 2008 por Domingo Buesa
Rafael Moyano, periodista de Aragón Radio, nos envía una crónica en la que desvela sus sensaciones respecto al “admirable trabajo” que realizan los voluntarios:
“Durante este periodo, en el que he podido vivir de todo un poco en la Expo, nunca he dejado de admirar el trabajo que desarrollan el equipo de voluntarios. Me intrigaba que siendo como somos los humanos por naturaleza de despistados, unos, y de insistentes, por decirlo con buenas palabras, otros, siempre respondiesen con buena cara, sonriendo y con la amabilidad que los mejores anfitriones ponen al servicio de su casa.
Esta duda quedó resuelta en una conversación con uno de los coordinadores de voluntarios durante una noche de estas que últimamente han estado pasadas por agua. Conversando con él, descubrí el poder de la psicología adaptada a la vida en la Expo; y es que los walkie talkies se convierten en vía de desahogo y comunicación a ciertas horas de la tarde, cuando la cosa se pone mas plomiza. Desde entonces, sé que a la zona de las gradas del río Ebro, donde los voluntarios quedan a cenar, lo han bautizado como el “chill out voluntario”, y que los chistes suelen ser habituales para levantar el ánimo. Esta misma psicología se ha tenido que aplicar a las personas que han pasado por momentos de angustia; es el caso de unas amigas jovencitas que se extraviaron en la Expo. Tal como es su deber los voluntarios les acompañaron al cubículo ubicado en el centro de la muestra y realizaron un llamamiento al resto de voluntarios por si encontraban a dos madres un poco preocupadas ante la perdida de sus infantes. La llamada tuvo éxito y se relato la presencia de dos madres, una más despreocupada pero la otra en un estado de nerviosismo bastante agravado por las circunstancias. Aquí es donde uno de los voluntarios se acerca a las niñas y trata de tranquilizarlas mediante la siguiente frase: “Mirad, tu madre está tranquila pero la tuya no. Va a venir y va decir muchas cosas que no siente pero que no puede evitar decirlas por los nervios que ha pasado. Lo sé porque soy padre y es lo que diría, pero insisto en que no lo siente”. Dicho y hecho, llega la madre alterada y se pone a lanzar improperios a las niñas de tal calibre que no puedo atreverme a enunciarlos, sin embargo, las niñas, advertidas previamente, no podían dejar de sonreir. Parece que este trabajo hubiera sido suficiente pero, el voluntario en cuestión, tuvo tiempo de hacerles un gesto para que cambiaran sus sonrisas por caras mas graves, ya que el calentamiento de la madre iba creciendo al ver que no hacia mella en sus retoños. Al final, como siempre, un pequeño disgusto que pudo ser mayor sin la labor amiga y amable de los voluntarios”.Publicado en Crónicas ciudadanas


