Llegando al ecuador de la Expo
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Por ejemplo, aprendí que en Qatar casi todos queman inciensos en un aparato llamado Bukur para que sus casas huelan bien. Charlé con un grupo de músicos de Namibia, llamado Elemotho, un nombre corto que significa que cada ser humano es indispensable, y me explicaron que siempre bailan con una cola de caballo, llamado un Setitse, que sus médicos han usado desde siempre en ceremonias curativas. Conocí a un estudiante de Kenya que se mudó a España para estudiar la diplomacia en Madrid, y a otro de India que está estudiando la medicina alternativa en Barcelona y me invitó a regresar a su pabellón para tomar un té típico de la India y charlar un poco más. Otro trabajador de Turquía me escribió toda una lista de libros para leer cuando supo que estudiaba literatura, y tuve la suerte de cambiar algunas palabras con el primer ministro de Namibia, que me explicó como le impresionó todo el pensamiento y emoción que ha dedicado la gente a que cada pabellón parezca tan real. Pero, en general, lo que más me ha gustado de toda mi experiencia aquí ha sido lo mismo que le ha gustado a una bailarina de Trinidad: a nosotras dos, nos ha encantado poder ver una parte de cada país distinto, la mayoría de los cuales nunca podremos visitar.
Dos semanas después del primer día en el que hice esa foto de todas las banderas, ya ha llegado el día de mi regreso a los EEUU. Aunque tengo que dejar el mundo de la Expo atrás, llevaré conmigo unos recuerdos formidables, un montón de fotos, y un pasaporte completo con todos los sellos de la Expo!”
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La voluntaria Inma nos envía el siguiente texto, acompañado de dos fotografías, acerca de las conclusiones que se obtienen al ver el espectáculo “Iceberg”:

“De la fuerza y pureza del agua brota nueva vida, esta vida es un bello juego si te hermanas con el agua. Y el niño abre los ojos a la vida y sonríe porque otra vida es posible y sería, si queremos, muy hermosa”.
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Rafael Moyano, periodista de Aragón Radio, nos envía una crónica en la que desvela sus sensaciones respecto al “admirable trabajo” que realizan los voluntarios:
“Durante este periodo, en el que he podido vivir de todo un poco en la Expo, nunca he dejado de admirar el trabajo que desarrollan el equipo de voluntarios. Me intrigaba que siendo como somos los humanos por naturaleza de despistados, unos, y de insistentes, por decirlo con buenas palabras, otros, siempre respondiesen con buena cara, sonriendo y con la amabilidad que los mejores anfitriones ponen al servicio de su casa.
Esta duda quedó resuelta en una conversación con uno de los coordinadores de voluntarios durante una noche de estas que últimamente han estado pasadas por agua. Conversando con él, descubrí el poder de la psicología adaptada a la vida en la Expo; y es que los walkie talkies se convierten en vía de desahogo y comunicación a ciertas horas de la tarde, cuando la cosa se pone mas plomiza. Desde entonces, sé que a la zona de las gradas del río Ebro, donde los voluntarios quedan a cenar, lo han bautizado como el “chill out voluntario”, y que los chistes suelen ser habituales para levantar el ánimo. Esta misma psicología se ha tenido que aplicar a las personas que han pasado por momentos de angustia; es el caso de unas amigas jovencitas que se extraviaron en la Expo. Tal como es su deber los voluntarios les acompañaron al cubículo ubicado en el centro de la muestra y realizaron un llamamiento al resto de voluntarios por si encontraban a dos madres un poco preocupadas ante la perdida de sus infantes. La llamada tuvo éxito y se relato la presencia de dos madres, una más despreocupada pero la otra en un estado de nerviosismo bastante agravado por las circunstancias. Aquí es donde uno de los voluntarios se acerca a las niñas y trata de tranquilizarlas mediante la siguiente frase: “Mirad, tu madre está tranquila pero la tuya no. Va a venir y va decir muchas cosas que no siente pero que no puede evitar decirlas por los nervios que ha pasado. Lo sé porque soy padre y es lo que diría, pero insisto en que no lo siente”. Dicho y hecho, llega la madre alterada y se pone a lanzar improperios a las niñas de tal calibre que no puedo atreverme a enunciarlos, sin embargo, las niñas, advertidas previamente, no podían dejar de sonreir. Parece que este trabajo hubiera sido suficiente pero, el voluntario en cuestión, tuvo tiempo de hacerles un gesto para que cambiaran sus sonrisas por caras mas graves, ya que el calentamiento de la madre iba creciendo al ver que no hacia mella en sus retoños. Al final, como siempre, un pequeño disgusto que pudo ser mayor sin la labor amiga y amable de los voluntarios”.Publicado en Crónicas ciudadanas | Sin comentarios »